Luis Cáceres Caro, un alguero de 71 años, trabaja desde su juventud con el cochayuyo que recoge en la playa Los Huachos, un lugar donde encuentra la tranquilidad que no hay en las playas de Pichilemu. En este sitio ha habitado desde su nacimiento y vivió el tsunami del 2010 que arrasó con su hogar.

La playa Los Huachos ubicada al norte de Pichilemu es un paraje salvaje, oculto, lleno de vegetación y fauna, que no ha sido tocado por la urbanización ni el turismo. En su lugar, han existido por décadas fundos que solían dedicarse a la ganadería y la agricultura, donde cohabitaban los dueños de vastos terrenos y los trabajadores de estas haciendas, de los cuales la mayoría se dedicaba también a la recolección y comercio de productos del mar. Uno de ellos es Luis Cáceres Caro, nacido en el sector y criado en él, quien con 71 años todavía vive de lo que el mar ofrece.

Entrevista a Luis Cáceres en PichilemuTV.

Cuenta don Luis que junto a su familia, compuesta por sus padres y catorce hermanos —ocho hombres y seis mujeres—, se criaron en uno de los pequeños terrenos que los dueños del fundo entregaban a los trabajadores para que sembraran. En ese tiempo había una única familia dueña cuando el lugar pertenecía al fundo Tanumé —famoso por su mansión faraónica, del que hoy solo quedan ruinas y dos enormes esfinges de piedra—, y los trabajadores se dedicaban a la siembra de trigo, papas, arvejas, garbanzos y otros alimentos, además de criar ovejas y vacas. “Y de ahí nos veníamos al mar a trabajar para poder tener otros pesitos más”, relata don Luis quien con 15 años ya se dedicaba a recolectar las algas que amarraban en su parcela.

El proceso de recolección del cochayuyo hasta el momento que está listo para la venta, es arduo y lleva tiempo. Los algueros recolectan las algas varadas en las playas, como don Luis, o se adentran en el mar durante la marea baja para extraerlos. Desde allí las llevan hasta el lugar de secado, donde extienden los especímenes, para que se sequen bajo el sol. El proceso dura alrededor de un mes, y los algueros deben cerciorarse de que el cochayuyo se mantenga limpio hasta el momento de empaquetarlos. Cada paquete de cochayuyo es amarrado utilizando las partes más delgadas de la planta y se confeccionan de diversos tamaños, los que luego serán llevados a la venta tal como los conocemos.

Luis Cáceres recorre la playa donde recolecta el cochayuyo que le sirve de sustento.

Al poco tiempo a la familia de don Luis le ofrecieron un pedazo de terreno para construir su ruco —cabaña donde pernoctan los pescadores y algueros, y utilizan como bodega— cerca de la entrada de la hacienda “donde tuviéramos para amarrar, de puras ramas no más, y ahí amarrábamos en el verano y le vendíamos el cochayuyo a don Luis Arias que lo comprobaba, que trabajaba en el fundo”. Seguía viviendo en el mismo sitio cuando se casó con su mujer con quien hasta el día de hoy se dedica a la producción de cochayuyo.

Pasaron los años y llegaron nuevos compradores, nuevos asentamientos, pero don Luis continuaba trabajando a orillas del mar. Entonces la dueña del actual fundo Quincheumo, Julia Rodríguez Ortúzar, le propuso construir su vivienda cerca del estero para dejar la entrada libre a la hacienda.

Entrada al fundo que lleva hacia la playa.

Tsunami del 2010

En el mismo lugar se encontraba con su familia cuando ocurrió el terremoto 8.8 del 2010. Según cuenta don Luis, su familia le insistía en que salieran de la vivienda y fueran hacia un lugar seguro; solo lo hizo porque su hija estaba embarazada y pronto iba a tener su bebé. Enseguida su señora le dijo que fuera a ver cómo se encontraba doña Julia y partió hasta su casa, momento en que el hijo de la dueña, corriendo cuesta abajo, les avisó que debían huir porque la playa se había secado y el mar se iba a salir.

Luego de esto, don Luis fue hacia el ruco de un sobrino a avisarle del tsunami, pero este no hizo caso de la advertencia. El alguero se encontraba gritando cerca de un ciprés para advertir de la llegada del mar, cuando ocurrió el tsunami y debió escapar. A pesar de lo cerca que estuvo de que el mar lo alcanzara, él y su sobrino lograron llegar a golpes hasta lo más alto de las lomas donde se encontraron y estuvieron hasta que se hizo de día. Entonces don Luis volvió a su hogar para ver qué sucedió.

“El mar salió como 500 metros para la quebrada hacia arriba. No nos dejó ni un ruco. Yo quedé con la pura ropa que tenía puesta” relata don Luis sobre las consecuencias del tsunami que destruyó por completo su hogar. Ni siquiera un cochayuyo les quedó para su sustento.

Los Huachos es un sector rodeado de vegetación y lomas que lo mantienen oculto.

Sin embargo esto no los derrumbó y continuaron trabajando para poder recuperar lo perdido. “Siempre ha sido así, siempre nos hemos mantenido con el mar”. Hasta el día de hoy don Luis y su mujer continúan viviendo de lo que les da el cochayuyo. Él se dedica a cortar el cochayuyo, su esposa lo extiende y después él sale a ayudar a extenderlo. Ambos los llevan cargado al hombro. Don Luis destaca que su señora es muy trabajadora y agradece el tenerla a su lado. Su hijo también también le ayuda, lo va a buscar, a dejar y a acarrear el cochayuyo.

Los Huachos en la actualidad

Tanto en Los Huachos como en otras zonas aledañas han existido múltiples denuncias de las condiciones en que los herederos de los fundos mantienen a los mareros, desde cierres ilegales de los accesos al mar hasta la expulsión del sector a estos trabajadores. A pesar de esto, don Luis Cáceres mantiene una actitud positiva y manifiesta que él nunca ha tenido problemas en Los Huachos.

Agradece poder trabajar en este tranquilo lugar donde nadie molesta a los algueros ni exige nada, al contrario de lo que sucede en Pichilemu, según cuenta, donde no aguanta estar más de tres días antes de volver a Los Huachos, porque ni siquiera el espacio es suficiente para poder amarrar el cochayuyo.

Don Luis en los roqueríos que abundan en Los Huachos.

Sin embargo, don Luis es muy crítico frente a la sequía y la falta de agua. “Hicieron esta plantación de eucalipto que se chupó toda el agua en todas partes. Había vertientes que nunca se habían secado, pero con los eucaliptos se secaron completamente. Y de ahí han mermado el agua. Este año se secó”, señala y manifiesta su deseo de que este año llueva mucho “para que se junte agüita, para que todos tengamos, porque es lo principal que tenemos, porque sino qué hacemos. Todos necesitan el agua”.

Y respecto a lo que hoy vive debido a la pandemia, don Luis es categórico en señalar que las autoridades deben ayudar a la gente que realmente lo necesita. “Yo con mi señora lo que trabajamos, poquito o nada, todavía no se nos ha cortado la venta de cochayuyo, tenemos dónde vender. No está bien pagado, pero nosotros tenemos cómo pararnos” concluye.